El día que envenenaron a Chiquinquirá.
El día que envenenaron a Chiquinquirá
(Resumen del reportaje publicado en el periódico El Tiempo por el periodista Daniel Samper Pizano en 1972, cinco años
después del envenenamiento colectivo en Chiquinquirá, Bogotá)
El sábado 25 de noviembre de 1967 en Chiquinquirá, la panadería Nutibara tenía, como siempre, los panes listos en el mostrador y ya los clientes comenzaban a tomar su desayuno. Ese sábado, los siete hijos de Luis Tirso García, un educador de animales que se encontraba en Bogotá con su esposa, celebrarían su último día de colegio. Luis Carlos, Jorge Eduardo, Nhora, Luis Tirso o Tirsito, Amparo y María Josefa, caminaban con otros estudiantes hacia el teatro Furatena, cuando uno de los colegiales se desplomó. El estudiante fue llevado al hospital San Salvador, una vieja casa con 3 médicos y 5 enfermeras. Desde ese momento, otras personas ingresaron al hospital con el mismo problema: intoxicación. Los enfermos empezaron a perder el conocimiento y resultaba imposible hacerlos vomitar. Pronto corrió el rumor de que el agua estaba envenenada. Mientras tanto, en la casa de Luis Tirso García, después de haber desayunado con el pan de la Nutibara, Tirsito sintió que su cabeza daba vueltas, su hermana Amparo se mareó y Luis Carlos cayó inconsciente, por lo que la vecina los llevó al hospital.
Una persona que había visto morir a un pollo luego de darle un mendrugo, dio la alarma de que era el pan el que estaba envenenado. Un empleado de la Nutibara llamado Juan Rangel había comido 5 panes y su compañero, Joaquín Merchán, dos. Luego de que Merchán muriera en el hospital, Rangel, que no sintió ni dolor de estómago, afirmó haber notado que la harina estaba húmeda. Un poco después, José Antonio Vargas, médico de la Secretaría de Salud de Boyacá, confirmó que el pan había sido contaminado con folidol, un veneno usado por agricultores como pesticida, pues al oler un puñado de harina recordó el olor de un almacén que vendía frascos de este tóxico justo al lado de donde solía tener su consultorio.
Ese día por la mañana, Luis Alberto Rodríguez, dueño de Almacén Mi Granja, había recibido un despacho de cajas de folidol. Rodríguez notó que uno de los frascos de veneno estaba roto, por lo que reclamó a Erasmilo Vargas, chofer de Transportes Mentoca. Justo debajo de las cajas de pesticida venían los costales de harina, y al regarse, el veneno los impregnó.
A las 10 a.m. ya había varios muertos y más de doscientos internados; los periodistas y fotógrafos comenzaron a llegar. Un fotógrafo del El Tiempo tomó una fotografía de un niño recibiendo una trasfusión de suero sobre un canapé, fotografía que dio vuelta al mundo.
Debido a la emergencia, Luis Tirso y su esposa regresaron a Chiquinquirá y descubrieron que sus tres hijos varones y Nhora habían muerto. Antes de ser dada por muerta, Nohra había recibido la inyección de atropina, antídoto del folidol, y tiempo después descubrieron que la niña no estaba muerta, respiraba lentamente.
Médicos de otras poblaciones comenzaron a llegar, el ministro de Salud recetaba a los enfermos como, Tomás Alfonso Romero, un peluquero con esposa y 8 hijos. En la mañana, su hija Martha de 9 meses fue alimentada con pan porque ese día no había colaciones, y Blanca Helena, de siete años, notó en éste un sabor amargo. Tomás, su esposa y 7 de sus hijos terminaron en el hospital. Solo la pequeña Martha murió. También la familia de José Miguel Ortegón perdió tres hermanos de nueve que eran.
El inspector Jesús María Zambrano y su agente Benjamín Castro iniciaron la investigación y detuvieron al chofer del camión y a Aurelio Fajardo, dueño de la Nutibara; no obstante, fueron liberados 10 días después. Un piquete de soldados fue enviado a ayudar a enterrar a las víctimas, pues Jesús Moreno, el sepulturero, no era suficiente. 61 niños y 4 adultos fallecieron ese día, mientras que 165 personas estuvieron hospitalizadas.
Cinco años después, las cosas eran diferentes: el panadero Fajardo se mudó con su familia a Bogotá, la familia Ortegón también se fue, Rodríguez sigue despachando pedidos en su almacén, el inspector Zambrano fue asesinado en Bogotá; su secretario, Benjamín Castro, ahora trabaja en Transportes Reina; Transportes Mentoca despareció luego de robar a la sede de Bogotá, el chofer del camión tiene un negocio de maderas en la capital, el médico Vargas trabaja en el nuevo hospital y resultó inocente luego de que un toxicólogo asegurara que los enfermos fueron inyectados con Bal, una droga contraindicada en caso de intoxicación con folidol; Luis Tirso sigue amaestrando animales.
Muchos enfermos sufren mareos, les duele el estómago, pierden el conocimiento con frecuencia y se ahogan. Entre ellos están, Omar Romero, hijo del peluquero; y Kilian Ortegón, uno de los 6 hermanos sobrevivientes de la familia Ortegón.
También la ciudad ha cambiado: el hospital se ubica en un edificio amplio y moderno, el Almacén Mi Granja se ha trasladado una cuadra más arriba y hay edificios de 3 y 4 pisos.
El Ministerio de Agricultura determinó que cada envase de folidol se empacará en caja separada, se envasará en plástico y se dispondrá de antídoto en los almacenes; sin embargo, el veneno se despacha por docenas, se envasa en vidrio y en los almacenes no hay antídoto (Soul-Writing, 2000).
El sábado 25 de noviembre de 1967 en Chiquinquirá, la panadería Nutibara tenía, como siempre, los panes listos en el mostrador y ya los clientes comenzaban a tomar su desayuno. Ese sábado, los siete hijos de Luis Tirso García, un educador de animales que se encontraba en Bogotá con su esposa, celebrarían su último día de colegio. Luis Carlos, Jorge Eduardo, Nhora, Luis Tirso o Tirsito, Amparo y María Josefa, caminaban con otros estudiantes hacia el teatro Furatena, cuando uno de los colegiales se desplomó. El estudiante fue llevado al hospital San Salvador, una vieja casa con 3 médicos y 5 enfermeras. Desde ese momento, otras personas ingresaron al hospital con el mismo problema: intoxicación. Los enfermos empezaron a perder el conocimiento y resultaba imposible hacerlos vomitar. Pronto corrió el rumor de que el agua estaba envenenada. Mientras tanto, en la casa de Luis Tirso García, después de haber desayunado con el pan de la Nutibara, Tirsito sintió que su cabeza daba vueltas, su hermana Amparo se mareó y Luis Carlos cayó inconsciente, por lo que la vecina los llevó al hospital.
Una persona que había visto morir a un pollo luego de darle un mendrugo, dio la alarma de que era el pan el que estaba envenenado. Un empleado de la Nutibara llamado Juan Rangel había comido 5 panes y su compañero, Joaquín Merchán, dos. Luego de que Merchán muriera en el hospital, Rangel, que no sintió ni dolor de estómago, afirmó haber notado que la harina estaba húmeda. Un poco después, José Antonio Vargas, médico de la Secretaría de Salud de Boyacá, confirmó que el pan había sido contaminado con folidol, un veneno usado por agricultores como pesticida, pues al oler un puñado de harina recordó el olor de un almacén que vendía frascos de este tóxico justo al lado de donde solía tener su consultorio.
Ese día por la mañana, Luis Alberto Rodríguez, dueño de Almacén Mi Granja, había recibido un despacho de cajas de folidol. Rodríguez notó que uno de los frascos de veneno estaba roto, por lo que reclamó a Erasmilo Vargas, chofer de Transportes Mentoca. Justo debajo de las cajas de pesticida venían los costales de harina, y al regarse, el veneno los impregnó.
A las 10 a.m. ya había varios muertos y más de doscientos internados; los periodistas y fotógrafos comenzaron a llegar. Un fotógrafo del El Tiempo tomó una fotografía de un niño recibiendo una trasfusión de suero sobre un canapé, fotografía que dio vuelta al mundo.
Debido a la emergencia, Luis Tirso y su esposa regresaron a Chiquinquirá y descubrieron que sus tres hijos varones y Nhora habían muerto. Antes de ser dada por muerta, Nohra había recibido la inyección de atropina, antídoto del folidol, y tiempo después descubrieron que la niña no estaba muerta, respiraba lentamente.
Médicos de otras poblaciones comenzaron a llegar, el ministro de Salud recetaba a los enfermos como, Tomás Alfonso Romero, un peluquero con esposa y 8 hijos. En la mañana, su hija Martha de 9 meses fue alimentada con pan porque ese día no había colaciones, y Blanca Helena, de siete años, notó en éste un sabor amargo. Tomás, su esposa y 7 de sus hijos terminaron en el hospital. Solo la pequeña Martha murió. También la familia de José Miguel Ortegón perdió tres hermanos de nueve que eran.
El inspector Jesús María Zambrano y su agente Benjamín Castro iniciaron la investigación y detuvieron al chofer del camión y a Aurelio Fajardo, dueño de la Nutibara; no obstante, fueron liberados 10 días después. Un piquete de soldados fue enviado a ayudar a enterrar a las víctimas, pues Jesús Moreno, el sepulturero, no era suficiente. 61 niños y 4 adultos fallecieron ese día, mientras que 165 personas estuvieron hospitalizadas.
Cinco años después, las cosas eran diferentes: el panadero Fajardo se mudó con su familia a Bogotá, la familia Ortegón también se fue, Rodríguez sigue despachando pedidos en su almacén, el inspector Zambrano fue asesinado en Bogotá; su secretario, Benjamín Castro, ahora trabaja en Transportes Reina; Transportes Mentoca despareció luego de robar a la sede de Bogotá, el chofer del camión tiene un negocio de maderas en la capital, el médico Vargas trabaja en el nuevo hospital y resultó inocente luego de que un toxicólogo asegurara que los enfermos fueron inyectados con Bal, una droga contraindicada en caso de intoxicación con folidol; Luis Tirso sigue amaestrando animales.
Muchos enfermos sufren mareos, les duele el estómago, pierden el conocimiento con frecuencia y se ahogan. Entre ellos están, Omar Romero, hijo del peluquero; y Kilian Ortegón, uno de los 6 hermanos sobrevivientes de la familia Ortegón.
También la ciudad ha cambiado: el hospital se ubica en un edificio amplio y moderno, el Almacén Mi Granja se ha trasladado una cuadra más arriba y hay edificios de 3 y 4 pisos.
El Ministerio de Agricultura determinó que cada envase de folidol se empacará en caja separada, se envasará en plástico y se dispondrá de antídoto en los almacenes; sin embargo, el veneno se despacha por docenas, se envasa en vidrio y en los almacenes no hay antídoto (Soul-Writing, 2000).
Comentarios
Publicar un comentario