Los de abajo Por Piedad Bonett.
Los de abajo
Hay muchas razones para ver esta obra de humor negro, a la vez hilarante y brutal, de la que salimos golpeados. En primer lugar, que Parásito es una obra emblemática de estos tiempos, pues nos permite evidenciar la atroz naturalización con que vivimos la desigualdad, la discriminación y la utilización del otro. Y en segundo lugar, que lo logra de forma muy original, con recursos cinematográficos cercanos al teatro —a la comedia de equivocaciones con sus simetrías y su poder de síntesis— y a la picaresca, y con un manejo de lo desmesurado que la mantiene en el filo de lo absurdo y que, a pesar de rozar lo inverosímil, atrapa desde un comienzo al espectador, que oscila entre la risa abierta y el estupor.
Parásito señala de manera irónica y punzante el paternalismo de los ricos, que cesa cuando el que sirve “se pasa de la raya”; la insalvable distancia entre ricos y pobres, consecuencia de un sistema económico despiadado; el deseo de “los de abajo” —para usar la expresión de Mariano Azuela— de acceder a una forma de vida digna que la sociedad les niega; y a la desesperanza de los jóvenes que en este submundo se sienten atrapados, sin derecho a la belleza y a un futuro. La triste lección la da el padre del clan al hijo: “Lo mejor para que todo salga bien es que no hagas planes”.
La maestría del director consiste en abordar este difícil tema, no desde el realismo, sino desde la farsa —con mucho de Tarantino— y sin paternalismos o idealizaciones, poniendo a vacilar cualquier mirada moralista, y relativizando, por lo demás, la noción de parásito. Y en irnos mostrando cómo se acumula la rabia —no el odio, pues entre patrones y servidores lo que hay en Parásito es una mezcla de simpatía e indiferencia— recordándoles a nuestras conciencias que, si no luchamos por desterrar del mundo la pobreza, puede haber un estallido de pavorosas consecuencias.
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