EL LADRÓN ROBADO
El ladrón Robado
El
guía del museo esperaba de pie junto al cuadro. Mantenía la espalda recta y el
cuerpo firme, las manos cruzadas tras su espalda. El joven lucía una sonrisa
impecable en un rostro perfectamente rasurado. Aguardó
pacientemente a que el grupo de turistas al completo estuviese frente a la
obra. Entonces se dirigió a ellos con enorme profesionalidad:
—Nos
encontramos ante el Prometeo pintado por Pedro Pablo Rubens entre 1636 y 1637.
Como ven, se trata de un óleo sobre tabla cuyas medidas son 25,7 por 16,6
centímetros. El pintor flamenco utilizó como fuente para
su obra la tragedia griega Prometeo encadenado, escrita por Esquilo en el siglo
IV a.C. ¿Alguien conoce el mito de Prometeo? ¿No?
En
ese momento, en el grupo se levantó un suave murmullo. Algunas miradas se
cruzaron, pero nadie se atrevió a contestar, quizá por temor a equivocarse y
quedar en evidencia. Al ver que no había respuesta, el hombre continuó su
exposición.
—Bien…
La historia nos cuenta que el titán Prometeo, que es el personaje que vemos
retratado en este cuadro, consiguió engañar al dios Júpiter para robarle una
llama de fuego. Se preguntarán ustedes qué tenía de especial dicha llama; pues
bien, era inextinguible, jamás se apagaba.
Luego,
el guía hizo una breve pausa, sin perder la sonrisa, para dejar que los
turistas digiriesen la información mientras hacían comentarios entre ellos en
voz baja.
—
¿Esta pintura representa el momento exacto en que se produjo el robo? —preguntó
una voz femenina que parecía provenir del grupo.
¡Exacto!
—Contestó el guía—. Rubens nos muestra a un Prometeo que acaba de robar el
fuego y mira con odio y rabia hacia el Olimpo. Esa fiereza,
además, la vemos en su poderosa musculatura. Fíjense en su posición: la pierna
izquierda y la mano derecha van hacia delante, mientras que el brazo y la
pierna contraria van hacia atrás. Es decir, está corriendo. ¿Alguien nos puede
decir cómo refleja el pintor ese movimiento?
—Se
puede apreciar en su pelo —intervino de nuevo la misma voz.
—Así
es —añadió el guía, satisfecho por la agudeza de la mujer—. Fíjense en su largo
y ondulado cabello de color castaño, despeinado, desmelenado, parece que el
viento le da de cara. ¿Qué otro detalle da también esa idea de movimiento?
—Las
ropas —volvió a responder ella.
—
¡Correcto! Esa tela suspendida en el aire, llevada hacia atrás por la inercia. ¿Alguna pregunta? Muy bien, pasemos a la siguiente
obra. Por ese pasillo, por favor.
El
grupo comenzó a avanzar lentamente. El guía lo siguió con la mirada. Se fijó en
que una mujer de mediana edad se mantenía frente al cuadro sin moverse. Era
bastante normal que alguien se quedase rezagado, bien porque
una obra determinada le causaba una gran impresión, bien porque intentaba
observarla con más detenimiento después de la explicación que él había dado.
Tras esperar unos segundos de cortesía, el hombre levantó el brazo, invitando a
la mujer a continuar el recorrido.
—Por
aquí, por favor —dijo sonriendo. La mujer no se movió. Llevaba puestas unas
gafas de sol, lo que resultaba algo extraño, pues estaban dentro de un museo.
Camisa, americana y falda de tubo negras: solo un clavel rojo en su solapa daba
un toque de color a su atuendo.
—
¿Es usted de este grupo? —inquirió el guía.
—No
soy de ningún grupo —contestó ella secamente.
La
mujer ni siquiera había ladeado su cabeza, sino que seguía mirando fijamente el
cuadro. El guía descubrió que a ella pertenecía la voz que le había respondido
unos momentos antes.
—
¿Puedo serle de alguna ayuda igualmente? —le preguntó con amabilidad. —No. Solo
he venido a robar este cuadro.
Al
guía se le borró por un momento la sonrisa, estupefacto. Un escalofrío le
recorrió la espalda, pero inmediatamente recobró la compostura.
—No
se lo recomiendo, señorita. Está usted en el museo mejor protegido del país.
Cámaras de seguridad, detectores de movimiento, agentes especializados… Si
llegase tan solo a descolgar el cuadro, no lograría salir de este pasillo.
Ahora, ¿nos acompaña? La mujer siguió sin inmutarse. El guía abandonó la
conversación y continuó su camino. Mientras se alejaba, tuvo tiempo de volver a
escuchar las mismas palabras:
—Solo
he venido a robar este cuadro.
Esa
noche, el guía durmió intranquilo. Era un miedo infundado,
desde luego, pero las palabras de aquella mujer seguían inquietándolo.
A
la mañana siguiente, al regresar al museo, vio que una nube de policías y de
personas con bata blanca se arremolinaban frente al
cuadro de Prometeo. Al comprobar que la pintura seguía en su sitio, respiró
aliviado. Pero, entonces, ¿Qué hacía allí toda esa gente?
Se
acercó despacio. El corazón le dio un vuelco: el audaz titán Prometeo miraba
abatido su mano vacía, porque le habían robado el fuego.
En
aquel momento, el guía escuchó que un policía comentaba con socarronería:
—Júpiter
se ha vengado.
Ayoze
Álvarez Cartaya
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