REPRESIÓN
REPRESIÓN
Después de la devastación producida por las bombas nucleares, el mundo
se dividió en tres grandes potencias: Eurasia, Estacia y Oceanía. Cuando
Oceanía se encontraba en guerra con una de estas franjas, se aliaba con la
otra. Londres era la ciudad donde se encontraba la primera base aérea y la
tercera de las provincias más pobladas de Oceanía.
A un kilómetro del Ministerio de la Verdad, vivía Winston Smith, de
cabello rubio, cara enrojecida, con una piel maltratada por un jabón áspero,
las cuchillas de afeitar y los remanentes de un duro invierno que recién había
terminado. Pero Winston no podía recordar si Londres siempre había ofrecido esta
visión deplorable, en la que surgían chozas de madera, que parecían gallineros,
en el lugar donde habían estallado las bombas. En la cual en cada esquina, se
encontraban carteles proyectando la misma cara de bigotes negros, que con
sombríos ojos miraban fijamente, y con grandes letras advertían: EL GRAN
HERMANO ESTÁ OBSERVÁNDOTE. Por lo general, también había otro cartel, que tenía
solo una palabra: INGSOC. Aunque Winston trataba de exprimir sus recuerdos
infantiles, solo tenía indescifrables imágenes, sin contexto.
A lo lejos, un helicóptero rozó sobre los techos, planeó un instante
como un moscardón, y salió disparado con un vuelo curvo. Era la patrulla
policial espiando por las ventanas, aunque lo que realmente importaba era la
Policía del Pensamiento. Detrás de Winston, la voz de la telepantalla seguía
haciendo anuncios sobre el hierro crudo y la consumación del Noveno Plan
Trianual. La telepantalla recibía y transmitía en simultáneo. Cualquier sonido
que Winston hiciera, por encima del nivel de un suspiro muy bajo, podía ser
registrado; de la misma forma, mientras se mantuviera en el campo de visión de
la placa de metal, podía ser visto. No había, por otra parte, modo de saber si
se era observado o escuchado en cualquier momento. Solo podía adivinarse con cuánta
frecuencia, o bajo qué sistema, la Policía del Pensamiento se conectaba a
alguno de los cables. Incluso, era muy posible que observaran a todo el mundo
todo el tiempo; de cualquier forma, ellos podían acceder a los cables cuando
quisieran. Se tenía que vivir por instinto, bajo la sospecha de que cualquier
sonido que se hiciera era escuchado y, excepto en la oscuridad, cualquier
movimiento era escrutado.
El Ministerio de la Verdad -en Neolenguaje, el lenguaje oficial de
Oceanía, el Miniver- era diferente de cualquier otro objeto que se presentara a
la vista, hasta un extremo asombroso. Era una enorme estructura piramidal de
concreto blanco y reluciente que se elevaba, terraza tras terraza, a unos
trescientos metros de altura. Desde donde estaba Winston Smith, un séptimo
piso, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada, en letras de tipografía
elegante, las tres consignas del Partido: GUERRA ES PAZ, LIBERTAD ES
ESCLAVITUD, IGNORANCIA ES FUERZA.
Winston dejó de mirar el edificio y se dirigió hacia la pequeña cocina.
Allí no había sino un pedazo de pan viejo que decidió dejar para el día
siguiente: sirvió una copa de una botella que decía en la etiqueta: GINEBRA DE
LA VICTORIA. La olió con desagrado y se la zampó finalmente como si fuera un
remedio. El sabor de esta bebida era similar al ácido nítrico y, al pasarlo, se
tenía la sensación de ser golpeado en la nuca con un cachiporrazo. Una vez
recuperado del primer trago, el mundo parecía mejorar. Luego, tomó un
cigarrillo de un paquete de etiqueta: CIGARRILLOS DE LA VICTORIA, pero se le
resbaló y tuvo que coger otro con mucho más cuidado. Fue hacia el cajón de mesa
y sacó un portalápiz, un tintero y un robusto libro con el lomo rojo y la tapa
jaspeada.
Por alguna razón, la telepantalla en la sala estaba en una posición
inusual. En vez de estar puesta como era costumbre, en la pared del fondo, en
donde podía vigilarse toda la habitación, estaba en la pared más larga, frente
a la ventana. Al lado de la telepantalla había un vacío poco profundo, un
espacio tal vez pensado para instalar una estantería, en el que se sentó
Winston para permanecer fuera del alcance de la telepantalla y así no ser
visto, aunque, por supuesto, siempre podía ser escuchado. La geografía inusual
del cuarto fue la que, en parte, le sugirió lo que estaba a punto de hacer.
Iba a empezar a escribir un diario. Esto no era ilegal (nada era ilegal,
ya que las leyes no existían), pero si lo atrapaban era casi seguro que sería
sentenciado a muerte o, al menos, a veinticinco años de trabajo forzado en el
campo. Aunque no estaba acostumbrado a escribir a mano sino pequeñas anotaciones,
puesto que todo se le dictaba al habla-escribe, esto resultaba imposible ahora
se había propuesto escribir sobre este hermoso papel con el viejo instrumento
de la pluma. Las tripas sonaron de emoción, lo que era peligroso ya que podía ser escuchado, pero se concentró en lo que
tenía que hacer, marcar el papel. En pequeñas letras cursivas escribió: 4 de
abril de 1994.
Adaptado de ORWELL, George. 1984. El último hombre.
Bogotá: Enlace, 2018.
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