De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna
—En primer lugar,
no olvides que el que te habla es un ignorante, pero de una ignorancia tal, que
hasta ignora las dificultades. Así es que, eso de irse a la Luna metido en un
proyectil, le ha parecido la cosa más sencilla, más fácil y más natural del
mundo. Tarde o temprano había de emprenderse este viaje, y en cuanto al género
de locomoción adoptado, no hago más que seguir sencillamente la ley del
progreso. El hombre empezó por andar a tientas, luego utilizó los pies, enseguida
viajó en carro, después en coche, más adelante en barco, posteriormente en
diligencia, y, finalmente, en ferrocarril. Pues bien, el proyectil es el medio
de locomoción del porvenir, y todo bien considerado, los planetas no son otra
cosa, no son más que balas de cañón disparadas por la mano del Creador. Pero
volvamos a nuestro vehículo. Algunos de vosotros, señores, creéis que la
velocidad que se le va a dar es excesiva. Los que así opinan están en un error.
Todos los astros le exceden en rapidez, y la Tierra misma, en su movimiento de
traslación alrededor del Sol, nos arrastra a una velocidad tres veces mayor.
Pondré algunos ejemplos, y solo os pido que me permitáis contar por leguas,
porque las medidas americanas me son poco familiares, y podría incurrir en
algún error en mis cálculos.
La demanda pareció
muy justa y no tropezó con ninguna dificultad. El orador reanudó: —Voy,
señores, a ocuparme de la velocidad de diferentes planetas. Confieso, aunque
parezca falta de vergüenza, que, no obstante mi ignorancia, conozco muy bien
este insignificante pormenor astronómico; pero antes de dos minutos sabréis
todos acerca del particular tanto como yo. Sepan, pues, que Neptuno recorre
5.000 leguas por hora; Urano, 7.000; Saturno, 8.858; Júpiter, 11.575; Marte, 22.011;
la Tierra, 27.500; Venus, 32.190; Mercurio, 52.250; ciertos cometas 1.400.000
leguas en su perigeo. En cuanto a nosotros, verdaderos perezosos, que tenemos
siempre poca prisa, nuestra velocidad no pasa de 9.900 leguas, y reducirá
incesantemente. Y ahora pregunto si no es evidente que todas esas velocidades
serán algún día sobrepasadas por otras, de las cuales serán probablemente la
luz y la electricidad los agentes mecánicos.
Nadie puso en duda
esta afirmación de Michel Ardan.
—Amados oyentes
míos –prosiguió–, si nos dejamos convencer por ciertos talentos limitados (no
quiero calificarlos de otra manera), la humanidad estaría encerrada en un
círculo del que no podría salir, y quedaría condenado a vegetar en este globo
sin poder lanzarse nunca a los espacios planetarios. No será así. Se va a ir a
la Luna, se irá a los planetas, se irá a las estrellas, como se va actualmente
de Liverpool a Nueva York, simplemente, velozmente, indudablemente, y el océano
atmosférico se atravesará como se atraviesan los océanos de la Tierra. La
distancia no es más que una palabra relativa, y acabará forzosamente por
reducirse a cero.
La asamblea,
aunque muy predispuesta en favor del francés, quedó como atónita ante tan
atrevida teoría. Michel Ardan lo comprendió.
—No os he convencido,
insignes oyentes —agregó sonriéndose cordialmente—. Vamos, pues, a razonar.
¿Sabéis cuánto tiempo necesitaría un tren directo para llegar a la Luna? No más
que 300 días. Un trayecto de ochenta mil cuatrocientas leguas. ¡Vaya una gran
cosa! No llega al que se tendría que recorrer para dar nueve veces la vuelta
alrededor de la Tierra y no hay marinero ni viajero un poco diligente que no
haya andado más durante su vida. Encárguense de que yo no gaste en la travesía
más que noventa y siete horas. ¡Pero vosotros os imagináis que la Luna está muy
lejos de la Tierra, y que antes de emprender un viaje para ir a ella se
necesita meditarlo mucho! ¿Qué diríais, pues, si se tratase de ir a Neptuno,
que gravita del Sol a mil ciento cuarenta y siete millones de leguas? He aquí
un viaje que, aunque no costase más que a cinco céntimos por kilómetro, podrían
emprender muy pocos. El mismo barón de Rothschild, con sus inmensos tesoros, no
tendría para pagar el pasaje, y tendría que quedarse en casa por faltarle ciento
cuarenta y siete millones.
Julio Verne
(Adaptación)
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